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martes, 14 de febrero de 2017

El Rey de la Patagonia: el sueño de crear una nación en el extremo sur de América, regresa un siglo y medio después.

Los gobiernos de Argentina y Chile comienzan a observar con mayor atención la rebelión de un grupo de la etnia mapuche que desafía a las autoridades y llama a crear una nación propia e independiente en el territorio que habitan en ambos lados de la cordillera de los Andes. 150 años después, las dos naciones deben frente hacer otra vez a los sueños de un líder que pretende hacer realidad sus fantasías políticas más intensas.



La Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) se trasformó en un problema para los gobiernos de Argentina y Chile. En ambos países existen comunidades indígenas – o “pueblos ancestrales” si se quiere ser políticamente correctos-, que reclaman con diferentes grados de éxito que se les reconozcan derechos políticos y territoriales. Pero el RAM pretende crear una nación propia regida por las leyes ancestrales mapuches, mediante una combinación de alianzas con grupos de izquierda, toma de tierras y reacciones cada vez más violentas dentro de las zonas que pretenden como propias.


Aunque la prensa relató en detalle la reciente y brutal represión que sufrieron al ser desalojados de un campo que habían tomado por la fuerza, una investigación más detallada de sus antecedentes revela un pasado de ataques incendiarios en ambos márgenes de los Andes, amedrentamientos contra pobladores “blancos” y de su propia comunidad, y un discurso independentista que pareciera unir a los activistas del movimiento en Argentina y Chile.

El líder del capítulo local del movimiento mapuche es el “weichafé” (guerrero en idioma mapuche) Jones Huala, un argentino nacido hace 31 años en la ciudad argentina de Bariloche, hijo de una pareja formada por un colono inglés y una nativa mapuche. Mientras organiza tomas de tierra en la su tierra natal, espera de un pedido de extradición del gobierno chileno bajo cargos de terrorismo, tenencia de armas de fuego e incendio de propiedades.

La pretensión de establecer un territorio autónomo liderado por el carismático Jones Huala, son el espejo de otro intento, sucedido en el siglo XIX y liderado por un líder que también quiso convertirse en regente de la Patagonia.

El rey de los aventureros franceses
La historia del Rey de la Patagonia nace en 1958, con la llegada a Chile del aventurero francés Orélie Antoine de Tounens. Luego de intentar hacerse un lugar en la sociedad chilena, Tounens decidió embarcarse en un proyecto para convertirse en monarca de un reino que jamás había existido.
En la primavera de 1960 viajó a la ciudad chilena de Coquimbo y tomó contacto con el “lonco” (“jefe” en mapuche) Quilapán, en el sur del país. Tounens le propuso al jefe más poderoso de la región la idea de crear un estado independiente y prometió que Francia protegería a la nueva nación de cualquier intento chileno para recuperar sus territorios. En esos años, Chile atravesaba un conflicto con Francia y la promesa de Tounens hizo sospechar que en realidad se trataba de un agente galo cuya misión eran desestabilizar el sur chileno para favorecer a la diplomacia de su país.

La única condición que puso el francés a los mapuches,  fue que se le reconociera como cabeza del nuevo reino que pretendía crear. El 17 de noviembre de 1860, fue entronizado Orelie Antoine I, Rey de la Patagonia, con jurisdicción sobre un gran territorio que abarcaba desde una franja el sur del río Bio Bio en Chile, hasta la rivera meridional del Río Negro en Argentina, extensión que llegaba hasta el Estrecho de Magallanes.


Aquel territorio, denominado como “la Araucania” en los papeles del nuevo rey, abarcaba al principio una porción del territorio chileno. Pero por un decreto firmado por Oreilie I apenas asumió, se anexó unilateralmente toda la actual Patagonia argentina.
En su gabinete de ministros, convivían personajes tan disimiles como el lonco Quilapán a cargo el ministerio de guerra y un refinado francés de apellido Mountret como encargado de la diplomacia. El reino contaba incluso con un parlamento formado por todos los loncos del territorio, aunque su autoridad era meramente formal debido a que en muchas poblaciones mapuches apenas supieron de su existencia. Y, en algunos poblados en lo que sí se enteraron de su carácter de monarca, lejos de considerarlo como su soberano, los nativos corrieron a denunciarlo ante las autoridades del país.

Mientras se dedicaba a visitar a los pueblos semi nómades mapuches para informarles de sus títulos nobiliarios, el monarca proclamó una Constitución propia para darle una apariencia menos ficticia a su reino. Viajaba vestido a la usanza de los loncos, con algunos toques de elegancia francesa como la levita y el bastón que, en algunas ocasiones, le servía como cetro improvisado.

Tan convencido estaba Orelie I de su personaje, que en 1862 viajó a Santiago de Chile para presentarse ante el presidente chileno Manuel Montt como soberano de un reino al sur del Bio Bio. Se sabe que el mandatario chileno lo recibió con una mezcla de incredulidad y asombro, y que le dejo ir sin saber cómo tratar a aquel extraño personaje.

La justicia chilena, en cambio, si tomó en serio a Orelie I y mandó a detenerlo por “alterar el orden público”. El francés se refugió en su territorio, pero fue traicionado por uno de sus lugartenientes. Una vez en manos de las autoridades, no fue alojado en una cárcel, sino que fue enviado al manicomio central de Santiago. Pasó un tiempo esperando el juicio, en el que finalmente defendió sus derechos reales con tanta convicción como entusiasmo.

OrelieI logró evitar una condena prolongada y apenas dejó el manicomio siete meses después de su arresto, viajó a Buenos Aires y de allí a Francia. En París, comenzó una campaña para que las coronas europeas le reconocieran como un par, cosa que jamás sucedió como era de esperarse ante una historia que despertaba más curiosidad que apoyos. 


No obstante, el carisma y los argumentos del rey patagónico fueron suficientes para convencer a algunos inversionistas franceses, quienes financiaron un segundo viaje de Orelie I a la Patagonia. Llegó a Chile en 1869 y según cuenta la leyenda, arribó acompañado por un pequeño arsenal que le serviría para iniciar una revuelta junto a los loncos que aún les eran fieles. Pero el gobierno chileno había lanzado poco antes una ofensiva en el sur para desalojar a las tribus más belicosas y el intento de regreso de Orelie I quedó en la nada. Perseguido por la justicia chilena que había puesto precio a su cabeza, regresó a Buenos Aires, desde donde intentó armar una nueva expedición en 1874. Jamás llegó a territorio chileno para reunirse con sus seguidores. Dos años más tarde, volvió a intentarlo sin éxito y en 1876 intentó regresar a Chile bajo el seudónimo de “Jean Prat”. Pero incluso un aventurero del calibre de Tounens se daba cuenta de las escasas posibilidades de lograr su objetivo y finalmente se dio por vencido.

Antes de regresar a Francia, visitó las tolderías en territorio argentino y, según cuentan las crónicas de la época, para ese entonces ya había adoptado la vestimenta y las costumbres de las tribus de la zona. Seguía creyéndose rey y los jefes locales se cuidaban de contradecirlo, con la misma amabilidad que evitaban hacer caso a sus llamados para lanzarse a una lucha para que el reino patagónico se hiciera realidad.

Tounenes falleció en Bordeaux, Francia, en 1878 y fue enterrado con su traje de rey. Poco antes de ir a la tumba admitió: “Si, he sido un completo chiflado. Pero, ¿quién iba a pensar que Francia iba a pensar que Francia podía negarse a anexar tan espléndidas colonias?”. El monarca sin tierras fue despedido al son del himno de su reino, compuesto a pedido del rey patagónico por el músico alemán Wilhelm Frick, y enterrado bajo una lápida que copia la imagen del rey de corazones de una antigua baraja francesa.


Su amigo, Gustave Achille La Viarde fue designado sucesor por Orelie I poco antes de morir. En la actualidad, los descendentes de La Viarde siguen heredándose el título nobiliario patagónico y considerándose “un gobierno en el exilio”. Aunque no hicieron ningún avance para que otras Casas reales los admitan como pares y sus derechos permanecen como una fantasía familiar, continúan la tradición de agregarse títulos nobiliarios y exhibir su bandera real con bandas azul, blanca y verde, en actos que de tanto en tanto organizan para no olvidar el reino que perdieron.



Habrá que ver su sucede si los mapuches de RAM avanzan en su reclamo, que se superpone con los terrenos que la familia real patagónica insiste en adjudicarse desde 1860. Quiere la casualidad que el último rey de la Patagonia, Felipe Alejandro Enrique Boiry, haya muerto a poco de comenzar el año 2014 sin que se designara aun un sucesor de la corona y que por primera vez no haya un noble que pueda discutirles la propiedad sobre esas regiones que los descendientes de Quilapán que hoy reclaman las mismas tierras.

En cualquier caso, los títulos que están pendientes en Francia, son tan sólidos como los que exhibe hoy Jones Huala, el líder de la organización RAM un siglo y medio después. Otra vez, un hombre repentino vuelve a reclamarse como autoridad sobre un terreno que atraviesa dos países y con un objetivo similar: crear una nueva nación en el extremo sur sudamericano en la que pueda aplicar sus reglas y la de sus seguidores tal como le sugieren sus fantasías políticas.

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